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Carta de Eduardo Martínez de Pisón para los Defensores de las Montañas Lo primero de todo, gracias. Gracias a vuestro idealismo por las montañas, a la generosidad de vuestra actitud, al tesón y a la entrega con los que mantenéis su defensa sin perder fuerza ni ánimo, pese a las adversas circunstancias, pese a insolencias e ignorancias que uno no creía ya posibles. Gracias por el respaldo a las causas que no menguan, por el aumento de aliento y de compromiso que estos actos suponen. Gracias especiales por el recuerdo mantenido de las marmotas y los sarrios desterrados de Espelunciecha. Es áspero ir a contrapelo de la fuerza, del desdén y de la corriente. Por eso hay que apoyar a los poetas y a los quijotes que están a nuestro lado, entre tanto desengaño Pero
también hay que agradecer por su especial significado a la prensa
libre que ha dado, contra cualquier presión, difusión
veraz de los hechos y de las opiniones. E igualmente hay que reprochar
los silencios en quienes los practican. Esto es fundamental, hasta tal
punto que sin el apoyo de aquella prensa que ha venido permitiendo el
conocimiento de los hechos al margen de instrucciones o de complicidades,
la indiferencia habría sustituido a la constatación, pues,
cuando no hay prensa, el vacío es tangible, el frío del
hielo se apodera de los problemas. Me
acojo, llegado a este punto, a un consejo estupendo que daba Scott Fitzgerald
y que quiero compartir con vosotros. Dice así: “Una prueba
de inteligencia es la capacidad de retener en la mente dos ideas opuestas
a la vez sin perder la capacidad de funcionar. Por ejemplo: uno debería
ser capaz de ver que las cosas no tienen remedio y, sin embargo, estar
determinado a cambiarlas”.
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