Decálogo
para proteger las Montañas
Podríamos,
tras la experiencia del Año internacional de las Montañas,
indagar en varias vías complementarias para que la preservación
y el cuidado de los territorios montañosos tuviera una atención
progresiva. Podrían sintetizarse en estos sentidos diez itinerarios
complementarios y, por tanto, añadidos a una base clave de política
medioambiental estricta:
1º- Nada hay ya desconectado en estos paisajes. Cada vez más
la alta montaña depende del valle y éste del llano, por
lo que es cada vez más difícil aislar o intervenir sólo
en los pisos superiores del relieve, mediante un control parcial o sectorial,
sin acuerdo con una política territorial y cultural de conjunto
2º- No es posible contraponer una intervención conservacionista
pasiva, mientras se incrementa y cambia de forma una fuerte dinámica
socio-económica y territorial, que transforma combinadamente
toda la montaña, que unas veces ve obstáculos en la conservación
o incluso reconvierte los espacios naturales en servicios funcionales.
La conservación debe tener, por tanto, una perspectiva de campo
amplio, más allá de su propio espacio y control.
3º- Es, pues, necesario encontrar vías de intervención
activa en el proceso, además de la indispensable conservación
de espacios estrictos que sigue siendo esencial, de modo que se pueda
acceder a las causas, a los desarrollos y a los lugares donde se generan
los problemas, mediante el ejercicio de un peso objetivo en las políticas
territoriales.
4º-
El procedimiento adecuado es participar en una ordenación territorial
de las montañas y en los sistemas de desarrollo de las áreas
de montaña, como un elemento clave de esa ordenación en
las sociedades avanzadas y como una condición básica para
que tal desarrollo sea completo. Sin duda, ese papel ya se ejerce medioambientalmente
pero propondríamos una inserción más definida en
la política territorial, es decir dentro del proceso y del problema.
5º- Se inscribe lo dicho en el amplio campo de una intervención
cultural en el proceso territorial. Todo transcurso de modificaciones
geográficas debe requerir una corrección cultural de sus
bases meramente pragmáticas para evitar daños patrimoniales.
Esto debe extenderse a los espacios naturales no protegidos y acaso
no protegibles, donde debe actuar de pantalla generalizada mediante
figuras flexibles.
6º- Tal extensión no es improcedente, puesto que hay ya
ejemplos en marcha en los países europeos. Por otro lado, los
procesos transformadores negativos se incrementan y extienden de tal
modo, que necesitan también un incremento y una extensión
similar conservacionista.
7º-
Las posibles figuras flexibles que pueden utilizarse, aparte de los
tipos de protección ya existentes y que deben perdurar e incrementarse,
son diversas. Algunas tienen precedentes en nuestras montañas,
otras existen ya en otros países, y ciertas de ellas son sólo
proyectos sin implantación. Pero en estos momentos se requieren
estos complementos ágiles de modo especialmente urgente. Es,
sin embargo, un inconveniente administrativo que la heterogeneidad de
tales figuras se sume a la ya existente de los tipos de espacios protegidos,
que no siempre responde a un hecho gradual o de matiz o igualmente apropiado
a distintos medios, por lo que da resultados a veces confusos. Esas
figuras flexibles pueden ser, por ejemplo: normativas territoriales
y preservacionistas de macizos concretos, proyectos locales de desarrollo
sostenible; redacción de una ley general de la montaña;
funcionamiento de una normativa europea del paisaje y adscripción
a ella; establecimiento de una más amplia, activa y coherente
red de reservas de la biosfera de montaña de fuerte fundamento
geográfico; encauzamiento de un Parque Internacional europeo
de los Pirineos, etc. Sin desdeñar las evaluaciones de impacto
ambiental ni reemplazarlas, estas figuras poseen una capacidad inicial
de cobertura y una presencia general en los territorios, que cada vez
resultan más indispensables.
8º- La confección de una Carta de la Montaña que
contenga los principios conceptuales de partida, el análisis
de la intervención en los procesos y la objetivación de
las claves de las aspiraciones proteccionistas será crucial,
porque permitirá poseer un documento de referencia, una línea
de acción y una divisoria para disponer a qué lado se
sitúan unas u otras actuaciones, tantas veces confusamente alarmantes,
digan o no, como no deja de ser habitual, que ''nunca harán daño
a la naturaleza".
9º- La inserción en tal estructura supone también
tener capacidad de oferta de proyectos de aprovechamientos directos
y de beneficios derivados que sean opciones realistas de desarrollo
en condiciones de sostenibilidad; que, con su conveniente corrección
naturalista y cultural, ofrezcan funciones también rentables.
E1 fomento de estas opciones mediante proyectos viables de desarrollo
local, basados en un buen conocimiento territorial y de la dinámica
económica, será mucho más coherente con la protección
de espacios. Si no, los modelos generalistas y de rápido éxito
que no dan entrada al interés cultural impondrán su estilo
en solitario, como tantas veces ha venido ocurriendo. La divisoria,
también aquí, entre lo que es "sostenible" y
lo que deja de serlo ?por abuso de este término? es cada vez
más difícil de establecer, pero puede ponderarle al menos
en función de su capacidad de preservación de su territorio
natural y cultural.
10º-
Por último, es conveniente el afianzamiento y la posible extensión
de los Parques Nacionales y Naturales de montaña, los primeros
en su nivel de reconocimiento y de protección, dentro de una
red general de Península y archipiélagos, conectada a
la red internacional, y los segundos en su grado y su escala. Lo existente
es irrenunciable. No obstante, hay territorios con vocación de
Parques, aún no reconocidos definitivamente como tales, y hay
espacios de segundo rango cuyos méritos naturales y paisajísticos
corresponderían al primero.
En cualquier caso, los "Parques Nacionales" responden a una
categoría histórica internacional en la que se inscribieron
desde su origen los nuestros y su red debe aspirar a ser geográficamente
coherente respecto a la totalidad de componentes territoriales del conjunto
del espacio español mediante una malla de elemental destacados
de sus paisajes naturales, dotados de la máxima categoría
administrativa de los entes de protección y provistos de unos
instrumentos de conservación especialmente completos.
Nuestras montañas mejores deben, por ello, ser consideradas como
objeto de tales Parques o aspirar a ese rango. Sobre todo, porque es
el mejor modo de garantizar su conservación. Hace más
de dos siglos un ilustrado alemán escribía que para sentir
plenamente algo que es bueno, pero que, por hábito, podemos estar
indiferentes ante su presencia, deberíamos figurarnos que no
existe, que lo hemos perdido: en lo que aquí nos importa, por
encima de cualquier desinterés abúlico o sin que falte
un deseable sentido crítico, que no me es ajeno, habría
que preguntarse, si no hubieran existido nuestros Parques Nacionales
de montaña, en qué estado estarían los lugares
que protegen.
Eduardo Martínez de Pisón
Diciembre 2002