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Marcha
del dolmen del Collado del Mayo |
| Localización: Desde la plaza de La Tela, en Nalda, seguimos la calle Arrabal y subimos por la primera bocacalle a la izquierda. Pasadas las últimas casas, continuamos ascendiendo la empinada cuesta, y a unos 700 metros nos encontramos en un cruce. Tomamos el desvío de la derecha y conducimos durante un minuto hasta llegar a una finca. Allí dejamos los coches. Distancia: 13 km (ida + vuelta por el mismo camino)
El camino, ancho y bien cuidado, después de pasar junto a un corral, nos lleva hasta la Fuente del Arca, donde podemos proveernos de agua. La puerta del “arca” siempre está abierta. Es curiosa y muy antigua la construcción de la fuente, así como la del pequeño puente que atraviesa el barranco. Hasta aquí podíamos haber traído cómodamente los coches. En la primera curva, abandonamos el camino y seguimos por una senda que bordea por su izquierda un pequeño cerro. La mole de Peña Soto, o Peña Las Tres como la llaman en Sorzano en recuerdo de cuando no había relojes y la sombra de la peña marcaba la hora de comer, nos va vigilando. En su base un precioso corral rupestre digno de ser conservado y visitado. En sus paredones hay abundantes nidos de rapaces, buitres y otras aves rupícolas. La senda nos lleva ascendiendo poco a poco entre tomillo, aulaga, espliego y pastizal hasta el Barranco del Moro. En el suelo pueden verse afloramientos de toba caliza. Por encima de nosotros vemos unos monolitos, el mayor de la Peña del Fraile. Llegamos a él zigzagueando mientras subimos. Abunda el boj. La senda (el antiguo camino de Trevijano) sigue entre pinos de repoblación por una vaguada. A los ocho minutos llegamos a un montoncillo de piedras que nos ordena seguir por la derecha, otra vez entre pinos y siguiendo la senda perfectamente marcada. Enseguida salimos a un camino ancho y llano. En ese punto, a la derecha, está el dolmen Peña Guerra II, y a su izquierda Peña Guerra III. Cinco minutos más adelante y a la derecha del camino, vemos Peña Guerra I. Un ancho cortafuegos nos lleva hasta un cruce de caminos. El de la izquierda conduce a Clavijo. Seguimos hacia la derecha. Desde este cruce vemos por primera vez el Castillo de Clavijo. Sorzano parece estar en el extremo de una gran llanura que se extiende hasta Navarrete y Fuenmayor. Pero continuemos. Una pequeña subida junto a una alambrada (dejando a la izquierda la senda que pasando junto al Cerro Cuernosierra lleva en 40 minutos a Trevijano) y una ancha pista nos aúpa en la cumbre de Peña Aldera. Desde aquí se ve un bello y dilatado panorama: hacia el N, el Valle del Iregua hasta el Ebro, con Logroño en el horizonte; y al fondo, la Sierra de Cantabria, que se prolonga hasta Codés; al NO, Clavijo y el espectacular Monte Laturce; al E, la vista se pierde en las tierras de la Rioja Baja por encima de las Peñas de Leza; al O, las cumbres del Serredero, donde se esconde La Hermedaña; al S, las cumbres del Camero Viejo se van estirando hasta Piqueras por detrás del Viso de Lueñas y Peña Saida; al SO, las moles del Castillo de Viguera y las Peñas de Islallana. Seguimos adelante por la pista y comenzando a descender vemos el dolmen
del Collado del Mallo. * Los dólmenes constituyen verdaderos templos vivientes de fechas tempranas de la humanidad (unos 4.700 tendrán éstos). Al verlos, se traslada uno al Neolítico, cuando el hombre se convierte en un ser preocupado por las actividades agrícolas y ganaderas. Estos monumentos tienen un gran valor para el arqueólogo. En una sociedad donde la movilidad dentro del territorio es una necesidad impuesta por las estaciones, el dolmen representa la fidelidad a un enclave. Los objetos hallados en ellos (collares, vasijas, huesos trabajados, flechas, útiles de piedra, metales, etc...) permiten al investigador conocer el grado de desarrollo de una sociedad que se percibe de forma tenue. Estos túmulos se siguen investigando, pues aún quedan muchos enigmas por descubrir. Los dólmenes de Cameros no presentan la grandiosidad de otros lugares; el diámetro del túmulo no supera los 20 m. Su orientación hacia el Sur o Sureste nos habla de ciertas creencias de tipo solar. Las hogueras descubiertas junto a la entrada dejan entrever ritos festivos. Los dólmenes se abandonan a principios de la Edad del Bronce (hacia el 1.500 a. de C.). Parece que estas construcciones pertenecieron a trashumantes que al volver encontraban sin dificultad a sus antepasados. Cuando pasan a vivir en un lugar fijo, dejan de ser necesarias tales sepulturas y el rito se simplifica. Parece ser que no todos, ni siquiera la mayor parte, eran enterrados en estos monumentos. Sólo lo serían los más importantes, por un motivo u otro, mientras la mayoría lo serían de forma más humilde. En definitiva, después de un buen almuerzo sobre una de estas construcciones, cerrad los ojos y empezad a soñar...
Ruta cedida por G. Remírez, de la Asociación “Amigos de Sorzano”
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Dolmen |
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